Diorama del clavetero. Museu Etnogràfic de Ripoll

Les fraguas abastecían barras de hierro de perfiles adecuados, que se llevaba al rojo vivo, se cortaba, se picaba y se le daba forma en los pequeños talleres de los claveteros, donde había, a diferencia de los herreros, el zoco, un tronco de madera en el que se fijaban las piezas necesarias para dar forma a los clavos. Estos obradores, también llamados tiendas, elaboran cerca de cien clases, de tamaños y tipos diferentes, que proveían la demanda de carpinteros, calafates y otros oficios. Cada uno producía unas 60.000 unidades mensuales. En el siglo XVIII, la época de más esplendor en el trabajo del hierro en la comarca, Ripoll contaba con un centenar de establecimientos que manufacturaban clavos y más de ciento cincuenta personas vivían de esta ocupación. Grupos de arrieros los hacían llegar a los puertos de Barcelona, ​​Canet y Tossa y también se cubría el mercado de toda Cataluña, Aragón, Valencia, Murcia, Castilla y Andalucía; incluso se exportaban a Cuba. La importancia de esta industria propició que a partir del siglo XVII los claveteros se reunieran en un gremio particular, regido por unas normas estrictas, según las cuales, por ejemplo, sólo se podía alcanzar la condición de maestro clavetero y tener taller propio después de un aprendizaje de cuatro años y de haber pasado un examen de los prohombres de la cofradía. En el Museu Etnográfic de Ripoll encontramos un diorama que representa una auténtica tienda, procedente de Campdevànol. Vemos un clavetero, un operario y el aprendiz, que hace de manchador.

Museu Etnogràfic de Ripoll

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