Las armas de fuego portátiles. Museu Etnogràfic de Ripoll

Las armas fabricadas en los talleres de Ripoll son el producto que ha dado más fama internacional en la industria metalúrgica de la comarca. Mucho más allá de su funcionalidad, convierten la culminación de las capacidades de sus creadores y constituyen un reflejo perfecto del altísimo conocimiento técnico y de la sensibilidad artística de estos artesanos. Aparte de las que se destinaban a satisfacer los pedidos de los ejércitos de la época, también se hacían modelos únicos para uso civil, creadas como elementos de distinción y de lujo. La materialización de las habilidades y del gusto artístico de unos verdaderos expertos en el trabajo de los metales (el hierro, el latón y la plata), de la madera, de las guarniciones y de los mecanismos de precisión que componen un arma de fuego; el cañón y la cerradura, que se afianzan en la caja o parte de madera, constituyen a menudo auténticas obras de arte, firmadas con los punzones de los remarcables armeros ripolleses.

Los maestros cañoneros, herreros y carpinteros trabajaban cada uno en el trabajo que le era propio, pero se agrupaban en el exigente cofradía de Sant Eloi, la que actuaba como garante para asegurar la calidad del trabajo, poniendo a prueba las armas antes de distribuirlas en el mercado y controlando también el proceso de aprendizaje para convertirse en maestro constructor.

Los cañones

Los cañoneros trabajaban las barras aplanadas de hierro compactado que salían de las fraguas hasta convertirlas en cañones de armas de fuego. Esta era la parte más cara del arma, por la dificultad del trabajo, y la de más compromiso, por el peligro que representaba cualquier defecto que se produjera. Lo que hacía singulares los cañones ripolleses era la técnica de fabricación: se curvaba una banda de plancha de hierro de entre tres y siete centímetros de anchura y se soldaba en forma de espiral. Este proceso, que exigía habilidad en la forja, les confería una gran resistencia a la presión interior y evitaba que estallaran. Además, cada cañón tenía que pasar una prueba obligatoria que consistía en disparar con doble o triple carga de pólvora y plomo. Así, o bien se destruía o bien quedaba aprobado; entonces el cañonero lo grababa con su nombre, lo pulía a espejo, ocasionalmente acababa el exterior con estriados y grabados con buril y aplicaba un pavonado de color negro, azulado o tabaco. A partir de la segunda mitad del siglo XVIII lo podía decorar también con incrustaciones de metales preciosos.

Los cerrojos

Los cerrajeros catalanes se habían especializado en la confección de estos mecanismos, que permitían reservar la energía acumulada hasta el momento en que, pulsando el disparador, un mineral golpeaba o frotaba una pieza de acero y producía las chispas que inflama la pólvora . Los cerrojos, como los cañones, solían ir firmados por el autor, que alguna vez podía incluir el lugar de procedencia y el año de fabricación. También manifestaba sus dotes artísticas en forma de buriladas y relieves en la decoración. La evolución de los diferentes tipos de cerrojos nos ayudan a datar las armas y a observar cómo han evolucionado con el paso del tiempo.

 

Los encepados

Los maestros encepadores confeccionaban la parte de madera del arma, dicha encepado. Ajustaban las piezas metálicas -el cañón, la cerradura y demás guarniciones- y la dejaban acabada. La madera preferida era la de nogal, con bellos cercados para los ejemplares importantes. Los encepadores eran carpinteros miniaturistas expertos, que trabajaban volúmenes, tallas y curvas hasta convertir el arma en un objeto estéticamente placentero y equilibrado. A menudo la decoraban con una técnica característica, que consistía en revestir total o parcialmente del encepado con planchas de latón, de acero o de plata repujada o grabada al cincel con motivos florales, entrelazados o animales fantásticos. Hay que decir, sin embargo, que en este trabajo es posible que también interviniera el mismo cerrajero y que las piezas fueran terminadas artísticamente por un grabador. El toque final para las armas destinadas a particulares se hacía con barniz a la goma laca, de gran calidad y resistencia. Uno de los tipos característicos ripolleses era el encepado de pistola con una empuñadura muy corta, de ocho a nueve centímetros, terminada en un pomo esférico que se adapta perfectamente a la mano, utilizado durante el siglo XVII y a principios del XVIII. Los encepadores constituyen el grupo de armeros menos numeroso, dado que en Ripoll no se hacía del encepado para todos los cañones y cerraduras que se producían, muchos de los cuales se vendían en ciudades, principalmente en Barcelona, ​​donde otros encepadores ultimaban las piezas. Las formas y decoraciones cambiaban con el paso del tiempo y nos ayudan a conocer la época de fabricación y el lugar de procedencia.

Museu Etnogràfic de Ripoll

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